lunes, 28 de octubre de 2013

PASTA (TALLARINES) CON GAMBONES AL AJILLO POR PILAR MUÑOZ ÁLAMO


               La receta de hoy es genial. Viene de la mano de Pilar Muñoz Álamo y el final… es tan sabroso como los tallarines. Calentamos motores con los ingredientes y después… ¡No os lo perdáis!





Ingredientes (para dos personas):
¼ kg. de tallarines/spaguetti.
¼ kg. de gambones crudos.
4 ó 5 dientes de ajo.
1 guindilla seca (para paladares a prueba de fuego, pueden ser dos)
1 copita de brandy de Jerez.
Aceite de oliva.
Sal.
Media cucharadita de pimentón dulce (opcional, en el momento de añadir los gambones).

Y como sugerencia adicional:
Una botella de vino blanco espumoso muy frío.
Un par de velas con aroma de vainilla o unas varitas de sándalo encendidas.
Música ambiental de estilo romántico (si son acordes de piano…, mejor.)
Y “postre” a discreción.
¡Que lo disfrutéis!

* * *

Desperté a temprana hora de la mañana, sin dar pie a que sonara la melodía seleccionada en mi teléfono móvil. Los nervios de ver llegar a Rafa y de agasajarlo como merecía resultaron ser un sustituto perfecto, tan perfecto como nuestra relación de pareja, inquebrantable durante diez años.

Miré el reloj varias veces para calcular minuciosamente el tiempo de que disponía hasta la hora del almuerzo; ansiaba recibirlo con su plato favorito sobre la mesa, elaborado a su gusto, como siempre, acompañado de música romántica y de un Lambrusco muy frío con el que brindar. Y de una estampa de mí misma que le recordara lo que se había estado perdiendo en los últimos días y estaba a punto de recuperar. Tenía seis horas por delante, tiempo suficiente para tomar una ducha y comprar algunas cosas antes de ponerme guapa y cocinar un plato de pasta sencillo que siempre conseguía hacerme evocar, de manera indeleble, nuestra primera cita en aquel restaurante italiano en el que rodeó mis manos con las suyas para enseñarme a trinchar los tallarines haciéndolos girar sobre el tenedor cual si fuera un carrusel de feria, a fin de evitar que quedaran colgando parcialmente por la comisura de mi boca; aunque yo aún seguía insistiendo en dejar algún rastro en ella que le incitara a besarme, como hizo aquella primera vez para degustar de mis labios los restos de albahaca que los tirabuzones de pasta dejaron a su paso.

Me apresuré a cumplir mi cometido y a la vuelta a casa, guiada por la rutina, extraje las cartas del buzón y las fui ojeando desordenadas mientras el ascensor alcanzaba la cuarta planta. El recibo de la luz, del teléfono, los extractos de las cuentas bancarias, publicidad y un sobre blanco sin timbrar y sin remite que no dudé en abrir primero atraída por la novedad. La sacudida brusca de aquel artefacto hizo que se me doblaran las piernas, o tal vez fuera el golpe bajo que aquellas frases escritas me propinaron:

“Estoy ansiosa por sentirte de nuevo dentro de mí. Aún percibo el tacto de tus manos, de tus labios, el olor de tu cuerpo pegado a mi piel.
No te dejaré escapar, Rafa, haré lo indecible para que seas mío. Exclusivamente mío.
Carlota.”

Un sudor frío perló mi frente. La turbación me nubló la vista por un instante y sentí ganas de vomitar. Entré en casa con la mirada perdida y el ceño fruncido, con una mezcolanza de angustia y desencanto que se fue tornando en ira por momentos. Contuve las ganas de vociferar, de insultarlo por haberme tenido rendida a sus pies durante todos estos años, comportándome tal y como él me exigía, cual si fuera una marioneta en sus manos manejándome a  voluntad. Le regalé mi vida. Se lo di todo. No merecía esa traición.

Por un momento pensé en marcharme, evitar un encuentro con él cuando llegara a casa ajeno a lo sucedido y volver tan solo cuando tuviera templanza suficiente para pedirle explicaciones. Pero me negué. Rotundamente. Mi orgullo herido reclamaba venganza y ésta no tardó en rezumar por todo mi cuerpo sin que la pudiera contener.

Deseché la botella de Lambrusco y puse a enfriar un René Barbier blanco espumoso que a mí me encantaba. Rasgué la bolsa del supermercado y esparcí la compra por la encimera con brusquedad; el hambre se había esfumado, pero aún así me dispuse a cocinar…, eso sí, a mi manera, alterando lo que me viniera en gana de aquella receta que tantas veces sugerí modificar sin éxito. Ahora contaba con la excusa perfecta: el plato que resultara no sería para él.

Dejé caer sobre el fuego encendido una olla con agua y sal, suficiente como para sumergir la pasta cuando el agua arrancara a hervir. Ocho minutos, ni uno más; prefería que estuviera “al dente”, y no pasada o “a la española”, como solía decir él para justificarse. En aquel instante habría disfrutado de verlo ahogado junto a la pasta, con las burbujas bullendo sobre su rostro de mentiroso cruel; o de trazar una “I” mayúscula de infiel sobre su frente con el mismo cuchillo que tenía en la mano para trocear los cuatro o cinco dientes de ajo a cuadraditos pequeños y no en rodajas, que solían quemarse con mayor facilidad; de restregar la guindilla seca por sus ojos para que no volviera a mirar a ninguna otra mujer que no fuera yo, o de colocar en los orificios de su cuerpo cada uno de los aritos en que también la podía cortar para hacerlo arder en el calor del infierno por lo que me había hecho.

Sacudí la cabeza y traté de deshacerme de esas imágenes para aliviar la ira que me invadía, temía hacerme un corte fatal en mi mano izquierda. Algo más calmada y con fría parsimonia, recogí hasta el último trozo de guindilla y de ajo que había cortado y los puse en una sartén con abundante aceite caliente, rehogándolos a fuego lento como en las buenas torturas, al tiempo que con mirada de loca quitaba la cubierta a los gambones que había comprado para degustar a la plancha durante la cena y les cortaba la cabeza sin piedad. Sí, cambié ese ingrediente por despecho. Él siempre solía utilizar esas gambas peladas ya congeladas que a mí no me sabían a nada, a pesar de mi insistencia por utilizar a sus parientes mayores, frescos y bastante más jugosos, de los que por fin podría disfrutar. Tras dejarlos impúdicamente desnudos, los descuarticé todos en tres o cuatro trozos, con saña, visualizando la imagen de Rafa seccionado una y otra vez por mis propias manos. Cuando advertí que los ajos se habían tornado de ese crujiente color dorado que siempre me llamaba a gritos, añadí el marisco y le permití hermanarse con el sabor de los ingredientes previos, mareándolo constantemente hasta casi hacerlo vomitar bajo unos granos de sal gruesa espolvoreada como si fuera nieve.

Miré de nuevo el reloj, las agujas marcaban la una. No sabía a ciencia cierta cuándo volvería Rafa, pero descubrí que ese dato me resultaba indiferente, no lo iba a esperar. La tez de los gambones se tornó blanca, veteada en tonos rosados, y entonces supe que era el momento de añadir ese toque especial que mi chico nunca me permitió darle porque decía que alteraba “la esencia del ajillo tradicional” (o es que alteraba la receta de su madre y recibiría por ello un castigo divino), pero que yo opté por poner en práctica para dar gusto a mi paladar y engordar mi ego herido de esposa despechada. Descorché una botella de brandy de Jerez y regué la mezcla con un chorrito generoso que dejé reducir a fuego vivo para evitar los efectos nocivos del alcohol; con la botella de vino que tomaría después ya tendría suficiente.

Corrí a por la barra de labios y me retoqué observando mi reflejo en el cristal oscuro del horno. Añadí los tallarines escurridos que me había cuidado de pasar bajo el grifo de agua fría para evitar que el calor interno los siguiera cociendo y lo revolví todo algunos minutos más para que la salsa de olor delicioso quedara adherida a la pasta como una segunda piel. El perejil picado espolvoreado por encima puso el toque de color y de sutil sabor a lo que prometía ser un almuerzo ligero y de gusto exquisito.

Con un pellizco en la boca del estómago, me quité el delantal, terminé de acomodar la mesa, serví los dos platos decorados con esmero y puse la botella de René Barbier en una cubitera con hielo para mantenerlo frío. Lancé mis zapatillas hacia el fondo del pasillo y me calcé unos zapatos de tacón que estilizaran mis piernas antes de pulsar el timbre de la puerta de mi vecino haciendo un esfuerzo por que el temblor de mis manos no resultara evidente. Lo invité a almorzar. Me observó con atención  y tras escuchar de fondo los tonos melódicos de la música lenta, sonrió y aceptó. A una primera copa de vino, siguió otra. Y otra más. Por una vez, olvidé como enroscar los tallarines y dejé que algunos se deslizaran por la comisura de mi boca adentrándolos en la misma con ayuda de la lengua, en un movimiento lento y estudiado, bajo la atenta mirada de mi compañero de mesa que hacía evidente su excitación al compás de mis insinuaciones. Como no podía ser de otra forma, me besó. Y aquello fue el preámbulo del sexo fugaz que mantuvimos en el sofá cuando las últimas gotas de vino se deslizaron por nuestras gargantas.

Rafa llegó a las cuatro. Ni lo miré, no me sentía con ganas de hablar, yo solo quería dormir. Se sintió decepcionado por mi recibimiento ausente, frío, pero no esbocé un ápice de remordimiento. Me pareció ver que cogía las cartas y las ojeaba con rapidez. Se detuvo por un instante para mirar el mismo sobre que había destapado la caja de los truenos horas antes.

−¿Has vuelto a abrir una carta para el vecino? –me preguntó insolente.
−¿Qué vecino? –contesté con la lengua trabada.
−¡El soltero de oro, ¿cuál va a ser?! Te advertí que te fijaras bien en los apellidos antes de abrir sobre alguno. ¡¿Por qué diablos tiene que llamarse igual que yo?! murmuró. Cualquier día el cartero nos meterá en un lío con sus equivocaciones, ya lo verás.


PILAR MUÑOZ ÁLAMO

Pilar Muñoz Álamo, la escritora cordobesa invitada de hoy de nuestra Biblioteca, es autora del libro de relatos Ellas también viven, relatos de mujer en los que el final de cada uno sorprende por la brillantez del desenlace. Puedes encontrar su libro en papel a través de su blog.
También, en el blog, podrás conocer su manera de escribir porque periódicamente nos regala relatos cortos. Como material adicional, si quieres escuchar alguno de sus relatos mientras cocinas, por ejemplo, aquí tienes un enlace.
Ha publicado dos novelas Los colores de una vida gris (autoeditado)  y ¿A qué llamas tu amor? con la editorial Palabras de agua.
Pilar ocupará la letra P de nuestra Biblioteca.

La próxima cocinera será…

8 comentarios:

  1. Uf! Qué final!! Me ha encantado, y la receta también. Ahora mismo tomo buena nota para una noche romántica en casa, que bien que apetece de vez en cuando, ¿a qué sí? Felicidades, Pilar, es estupenda!! Besos

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  2. Espero que guste tanto el relato como la receta, aunque me temo que habrá que leerlo dos veces para poder desligar ambas cosas, jaja. Los ingredientes sugeridos no son imprescindibles, pero dan muy buen resultado!! :)
    Un beso y gracias por contar conmigo.

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  3. Para chuparse los dedos. Una receta fácil de hacer y amena de leer. ;)

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  4. ¡Qué buena receta! Y qué buen relato, claro.

    Besos.

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  5. Qué hambre! Una receta muy sencilla y deliciosa.

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  6. Esta receta me tiene conquistada porque cuando Pilar me la mandó y la leí me dejó muerta el final del relato (de risa). La verdad es que es una maga con los finales inesperados.

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  7. Pilar, qué buen texto, qué buena historia, que buena literatura, y que buena receta!!! Para cuándo una novela? creo, muy sinceramente que deberías ponerte a ello ya mismo, lo digo de corazón, te lo juro. Mayte, gracias por este blog. A ver si saco tiempo para mandarte algo.

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  8. Buenísimo!!!
    No me lo esperaba.
    La receta la haré en breve.
    Gracias 😘😘

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