lunes, 18 de noviembre de 2013

HARIRA, POR ÓSCAR R. ARTEAGA.

Hoy se pone el delantal y se adentra en la cocina el escritor gaditano Óscar R. Arteaga. Óscar es el autor de Nivaria, una novela intimista en la que una parte de la trama se desarrolla en Marruecos. Es una tierra que él conoce de primera mano, por lo que nos trae una receta y un relato que nos evocan los sabores del norte de África.

* * *


Durante mi estancia en Marruecos, además de compartir diferentes vivencias, aprendí a apreciar los contrastes y matices de otra cultura totalmente diferente a la nuestra, pero no por ello menos intensa, interesante o enriquecedora.

Todo allí es un festival para los sentidos, y basta dejarte atrapar por sus sonidos, sus colores, sus paisajes o sus gentes. También por sus sabores que llegan en forma de platos como el que os presento aquí, la Harira

Se trata de una sopa indispensable en las mesas de los marroquíes en el mes de Ramadán, tomándose todos los días tras romper el ayuno (iftar) con unos dátiles y leche.

Se hace de manera diferente según la zona de Marruecos, pero os detallo la que yo sé, una versión adaptada a un occidental bastante torpe para estos menesteres culinarios. 

¡Espero que os guste!



Ingredientes:

-500 gr. de carne (pierna de cordero, muslo de pollo o algún hueso que tengáis por casa. Igualmente se puede sustituir por caldo de carne para suavizar el sabor de la sopa).
-75 gr. de harina (medio vaso).
-50 gr. de  fideos.
-1 kg. de tomates (En su defecto, vale también 1 lata de tomate crudo triturado).
-3 cebollas grandes.
-200 gr. de garbanzos (En su defecto, sirven también 100 gr. de garbanzos cocidos).
-2 huevos.
-1/2 vaso de aceite de oliva.
-Un buen puñado  de perejil fresco picado.
-Un buen puñado de cilantro fresco picado.
-una pizca de azafrán, sal y pimienta.
-Zumo de medio limón.

¡A ver cómo nos sale!

Preparación:

1.- Recordad dejar en remojo los garbanzos durante toda la noche previa a la preparación de la sopa (si optáis por los garbanzos cocidos obviamente no será necesario).
2.- Lo ideal es pelar los garbanzos (ya cada cual que use su técnica) y los dejaremos a un lado para después. 
3.- En una olla, sofríes la carne cortada en dados bien pequeños junto a la cebolla pelada y cortada.
4.- Cuando esté dorada, añadir los tomates pelados y triturados (o el contenido de la lata), unos 2 litros de agua, el aceite, el azafrán, el perejil, el cilantro, la sal (al punto) y la pimienta. Dejar hervir unos 30-40 minutos.
5.- En un bol, mezclar la harina con 1/2 litro de agua caliente evitando que se hagan grumos o se pegue. Añades la mezcla a la olla para espesarla.
6.- Añades los garbanzos, los fideos y el zumo de limón.
7.- Cuando veas que los fideos están en su punto, incluye los huevos y remueve bien para asegurarte que quedan totalmente filamentados.
8.- Et voilà!

La harira se toma bien caliente, y la puedes acompañar de dátiles e higos secos, la tradicional pastelería marroquí y hasta un vaso de leche frío.

De todas formas, os puedo decir que lo mejor de este plato para mí es todo lo que me evoca al recordar aquellos días e Marruecos, cuando acudía casi a diario a un pequeño bar cercano a la residencia de estudiantes donde me alojaba dentro de la Universidad Mohamed V de Rabat. 

Allí el servicial Alí me recibía con una amplia sonrisa, un simple gesto cargado de tanta sinceridad que te reconfortaba el espíritu. Ya me conocía, y aunque el primer día llegó a tratarme con la cortés distancia con la que se ofrecía a cualquier turista despistado, solo bastaron unas cuántas visitas más para ganármelo. O mejor dicho, para que él me ganase a mí pues si en algo destaca el carácter árabe es en llevarte a su terreno mientras te regodeas en tu orgullo occidental con la convicción de que ha sido al contrario.

Paulatinamente Alí se iba interesando por mi persona y por mi estancia en Rabat, algo que al parecer facilitó nuestro acercamiento dado que el hecho de que un extranjero quisiera conocer mejor su cultura y su lengua era un motivo de orgullo.

 Pese a que nuestro vehículo de comunicación era el francés por mis razonables limitaciones al expresarme en dariya, no faltaba ocasión en la que Alí me obligara a poner en práctica lo aprendido. Corregía mi tosco acento o perfilaba el vocabulario que usaba en un enorme esfuerzo por pulir ese evidente árabe más propio del entorno académico y ajeno al mundo real. 

Día a día íbamos intercambiando retazos de nuestras vidas, trueque anímico en el que sin duda yo salía beneficiado ante tan enriquecedoras experiencias de un hombre con un bagaje vital intenso. El caliente cuenco de harira pasó a ser un mero pretexto, un elemento tan necesario como imprescindible en la cimentación de una peculiar amistad surgida de la curiosidad, el afán de conocimiento y sobre todo por el respeto.

Las semanas pasaron. Llegado el día de volver a España quise despedirme de Alí y quizás compartir un último bol de sopa en su compañía dado que la intensidad de las clases me impidieron acudir últimamente a nuestro establecido encuentro. Al entrar en el local el rostro que vi tras la barra era desconocido, y aunque busqué con la mirada la cordial sonrisa de Alí, apenas sí hallé ojos que me inspeccionaban de soslayo.

Finalmente opté por preguntar al camarero quien sin dudar contestó con una frase que se me clavó en el alma, unas palabras que se me antojaban incomprensibles y que mi mente interpretaba como una macabra broma, "Il est mort".

A duras penas, aún conmocionado, logré entender que había sido atropellado por un camión cuando acudía como cada mañana al bar.

Nunca me pude despedir de él, y pasados los años todavía no logro entender lo ridícula, injusta y absurda que fue su muerte, sin embargo hay algo que nunca he olvidado, una fotografía que he guardado en mi recuerdo a lo largo de los años y a la que acudo con frecuencia: la limpia, profunda y cariñosa sonrisa de un personaje que me enseñó la importancia de los pequeños momentos, lo esencial de lo efímero, la felicidad de lo sencillo. 

La sonrisa de Alí.

 Gaditano de La Línea de la Concepción, estudió Filología árabe e italiana. Trabajó en el sector del turismo lo que le permitió viajar y conocer muchos lugares, entre ellos Marruecos, protagonista del relato que nos presenta hoy.
Nivaria fue su primera novela, y ha colaborado también en la antología Veinte Pétalos, donde varios autores escribieron relatos ambientados en Lorca (Murcia).
Óscar fue uno de los cinco autores noveles apadrinados por la biblioteca Almudena Grandes (Azuqueca de Henares) entre los que también fui apadrinada yo y tuve el placer de conocerle ahí.
A partir de hoy ocupará la letra O de la biblioteca.
El próximo autor invitado será...
Ricardo A. Fernández


3 comentarios:

  1. Mayte, mil gracias por contar conmigo para este original proyecto. Es un placer formar parte de tan honrosa biblioteca culinaria y espero que disfrutéis de este plato ahora que está haciendo tanto frío! Un besote.

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  2. No me lo has puesto fácil, tiene un montón de ingredientes pero sabes que me gusta experimentar así que haré un día de estos la prueba.

    ¡Muchas gracias a ti!

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  3. A mí también me parece bastante elaborado pero me chiflan los platos calentitos, de cuchara, y bien condimentados y sabrosos. Así que me llevo la receta para cuando apriete el frío. Bss.

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